Un lugar transformador

 

Dos meses enseñando en la sabana: mi voluntariado como profesora en Namibia

Cuando decidí viajar a Namibia para ser voluntaria como profesora en un colegio dentro de una reserva natural, sabía que la experiencia sería intensa, pero nunca imaginé cuánto me transformaría. Allí, en plena sabana, donde el horizonte parece no terminar nunca y el viento arrastra historias antiguas, conviven algunos de los pueblos étnicos más antiguos del mundo. Llegué con una mochila llena de materiales, expectativas y nervios, no sabia que me iba a demarrar ese tiempo ahí, pero me fui con el corazón lleno y un mil ganas de hacer cambios en el mundo.

Un aula rodeada de naturaleza y cultura ancestral

Mi escuela estaba situada en medio de una reserva natural donde vive el tribu San, un lugar donde la vida salvaje formaba parte del día a día y donde muchos niños hablaban dialectos tribales antes que el inglés. Esto transformaba la enseñanza en un auténtico reto: cada palabra, cada indicación, cada actividad requería paciencia, creatividad y mucha comunicación no verbal.

Pero también hacía que cada pequeño avance fuese un triunfo enorme. Cuando un alumno lograba comprender una frase, completar una actividad o simplemente participar con entusiasmo, la satisfacción era indescriptible. Muchas veces me decían: "Broken englesh" y es que mi comprensión del ingles y su forma de hablarlo era muy diferente, pero a mi estos comentarios me hacían mucha gracia..


La realidad detrás de las sonrisas

Una de las cosas que más me impactó fue la fuerza con la que estos niños enfrentan las dificultades. Muchos llegan al colegio sin haber desayunado, con una alimentación limitada que afecta directamente a su energía, su concentración y su desarrollo. No es que sean “perezosos”; es que su cuerpo arrastra las consecuencias de una vida dura, de largas caminatas para llegar a clase y de una nutrición insuficiente.

Y aun así… sonríen. Juegan. Se abrazan. Cantan. La felicidad que transmiten de forma simple, sincera, contagiosa. Esto hace reflexionar sobre nuestras propias urgencias y preocupaciones.

Yo estuve ahí durante la época del invierno, donde por el día hacia mucho calor y por la noche las temperaturas bajaban en grados considerablemente. Por las mañanas hacía mucho frío, y mientras esperaban que las puertas del colegio se abrieran, ellos hacían una fogata para calentarse. A lo mejor habían pasado toda la noche durmiendo en la arena fría y sin una cobija con la cual entrar en calor.

La escuela: mucho más que un lugar para aprender

Para ellos, el colegio no es solo un centro educativo. Es un refugio. Un lugar donde se cumplen las necesidades básicas que un niño debe recibir en la etapa de la infancia.
En el colegio se recibe comida en el desayuno y en el almuerzo, escuchan palabras de cariño, sienten seguridad. Es un lugar donde se les cuida, se les respeta y se les da un espacio para ser simplemente niños. Es un lugar donde hay normas que deben seguir, un lugar que pone algo de orden en un contexto salvaje. 


Muchas veces he dicho que estos niños están asalvajados, pero el contexto en el que viven no tienen normas que cumplir, como las que se pueden encontrar en las culturas modernas. Ahí se respeta a los mayores estando en silencio y sin decir una palabra en su presencia, y los niños/as mayores cuidan de los pequeños del pueblo. Por eso, cuando llegan a la escuela y tienen que cumplir las normas, no es que no quieran hacerlo, es que es el único lugar de su vida en donde las hay, y es complicado cumplirlas.

Yo no solo enseñaba; también peinaba, limpiaba heridas, repartía platos de papilla, ayudaba en los juegos y ofrecía abrazos. Y a cambio, recibía una gratitud silenciosa pero profunda, de esas que te marcan para siempre. Nunca en la vida me había sentido tan útil. Jamás tuve tan poco tiempo para mi y haya sentido una plenitud tan grande. Y es que ese lugar trastoco mi forma de ver y entender la vida. Me encanta la idea de vivir para servir. Creo que la vida se trata más de hacer cosas por los demás, con. una gran generosidad, pero sin olvidarte de ti en el camino. María Teresa de Calcuta decía que: "El que no vive para servir, no sirve para vivir", me gusta esta forma de ver la vida.

Ser profesora durante dos meses… y cambiar para siempre


Mis dos meses en Namibia fueron un ejercicio constante de adaptarme, de desaprender para volver a aprender.  Al principio iba a estar ahí durante un mes, pero a medida que el tiempo iba corriendo mis ganas de permanecer ahí aumentaron, así que amplié mi estancia en Namibia. 

Enseñar sin los recursos habituales, sin tecnología, sin libros suficientes, te obliga a reconectar con lo esencial: la creatividad, la paciencia, la mirada humana. Y es que enseñar es mucho más que una simple clase, un simple pupitre o un simple lugar. Enseñar va sobre coser camisas rotas, sobre entender sus emociones, sobre comprender sus frustraciones, sobre sensibilizarles respecto a aun cambio de vida, sobre ayudarles a cuidarse de embarazos adolescentes, enseñar va sobre afrontar la vida con las herramientas suficientes pero sin perder de vista lo verdaderamente importante en la vida.

Me enseñaron que la educación puede ser un puente entre mundos muy distintos. Me enseñaron que el amor, el cuidado y la presencia tienen un impacto tan grande como cualquier lección de matemáticas. Y me enseñaron que, a veces, para dar, primero hay que dejarse tocar el alma.

Volví con la certeza de que cada profesor que pasa por esa pequeña escuela deja una huella… pero también se lleva una. Y la mía sigue conmigo, recordándome cada día la importancia de mirar la vida con gratitud, con calma y con la alegría sencilla que ellos me regalaron.

Quizás algún día vuelva al colegio de Kalahari New Hope, mientras tanto, cada vez que oigo alguna de sus canciones o veo alguna de sus fotos, mi corazón vuelve a estar presente en ese lugar. Es curioso, pero siempre que algo no funciona tan bien como desearía, en mi cabeza esta la frase: "¿Por qué no me quedé en África?" Y es que la experiencia de voluntariado en ese lugar te cambia para siempre, muchos dices que es La fiebre de África, que te hace querer volver siempre, siempre, siempre. 

Os dejo con esta frase de Katie Davids Major, fundadora de Amazima Ministries en Uganda,  una frase que siempre fue mi referente en cuanto al voluntariado. Soñaba con poder ir de voluntaria a algún lugar de África, tal como ella lo hizo, mi sueño se hizo realidad, y supero las expectativas.

"I have learned that I will not change the world, Jesus will do that. I can however, change the world for one person. And if one persons sees the love of Christ in me, it is worth every minute. In fact, it is worth spending my life for."





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