No diluyamos la realidad: la importancia de hablar sobre discapacidad

 En los últimos años, el lenguaje en torno a la discapacidad ha ido evolucionando con la intención de promover una mirada más inclusiva y respetuosa. En ese camino han surgido conceptos como diversidad funcional, un término que pretende destacar que todas las personas funcionamos de manera distinta, evitando las connotaciones negativas asociadas a la palabra “discapacidad”.

Sin embargo, aunque este enfoque tiene buenas intenciones, no todas las personas ni colectivos se sienten representados por él. De hecho, muchas personas con discapacidad intelectual y sus familias consideran que este concepto puede resultar confuso y, lejos de ayudar, diluye una realidad que ha costado mucho reconocer y visibilizar. 

Foto de Pinterest

¿Qué es la discapacidad intelectual?

La discapacidad intelectual es una condición que implica limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual y en habilidades como la comunicación, la autonomía, el aprendizaje o la vida social. No se trata solo de “funcionar de manera diferente”, sino de un conjunto de necesidades de apoyo específicas que deben ser atendidas para promover el bienestar, la participación social y el ejercicio pleno de derechos de las personas con discapacidad intelectual.

Las personas con discapacidad intelectual y sus familias han tenido que luchar durante décadas para que la sociedad reconozca estas necesidades de apoyo, así como sus derechos a la educación inclusiva, el trabajo digno, la participación comunitaria y la toma de decisiones sobre su propia vida. Ha sido un camino arduo, con mucho recorrido y muchas luchas para que se les reconociera sus limitaciones y se les ofreciera recursos necesarios para poder tener una vida digna.

¿Qué propone el término diversidad funcional?

La expresión diversidad funcional, popularizada por algunos movimientos sociales, busca evitar el uso de términos que puedan percibirse como ofensivos o que produzcan estigmatización. En esa lógica, cualquier diferencia en la forma de funcionar podría considerarse una diversidad funcional: una persona que usa gafas, alguien con miopía, una persona zurda,  etc.

Es aquí donde surge el problema: el concepto es tan amplio que corre el riesgo de invisibilizar las necesidades específicas de quienes sí viven una discapacidad real y requieren apoyos concretos.

En este sentido, el término "diversidad funcional" puede resultar insuficiente. Aunque muchos lo defienden como una alternativa más positiva, desde mi perspectiva —y la de muchas familias y profesionales— este término presenta varias dificultades:

1. No refleja la realidad de la discapacidad.
Equiparar la discapacidad intelectual con cualquier diferencia funcional trivial puede simplificar en exceso una condición que implica apoyos constantes y estructurales.

2. Difumina las necesidades de apoyo.
Si todas las personas tenemos “diversidad funcional”, se pierde la especificidad de las personas con discapacidad intelectual, que necesitan recursos y políticas concretas.

3. Puede debilitar la reivindicación histórica.
La lucha por el reconocimiento de derechos, la accesibilidad, la atención temprana o el empleo con apoyo se ha construido en torno a la palabra “discapacidad”. Cambiarla por un término más ambiguo puede generar confusión y restar fuerza a estas reivindicaciones.

4. No siempre es un término comprendido por la sociedad.
En muchos contextos, “diversidad funcional” no aclara cuál es la situación de la persona ni qué apoyos necesita.

Usar un lenguaje inclusivo es importante, pero también lo es que ese lenguaje permita comprender la realidad y garantizar derechos. Reconocer la discapacidad intelectual con su nombre no implica caer en estigmas; implica nombrar con claridad una condición para poder abordarla adecuadamente.

Reivindicar la palabra discapacidad no es un retroceso, sino una forma de defender la visibilización y el derecho de las personas con discapacidad intelectual a recibir los apoyos que necesitan, sin eufemismos ni ambigüedades.

La intención de promover términos más positivos es valiosa, pero no podemos permitir que el lenguaje borre o diluya una realidad que lleva años luchando por ser reconocida. La discapacidad intelectual merece ser nombrada con precisión, porque solo así se pueden garantizar los derechos, los apoyos y la dignidad de quienes la viven. 

En este caso concreto, hablo de discapacidad intelectual, pero cualquier persona con un tipo de discapacidad, ya sea una discapacidad física u otro tipo de discapacidad, necesitan reconocimiento. Estas personas, más allá de su discapacidad, son capaces de realizar numerosas acciones, siempre y cuando reciban la ayuda necesaria en función a su condición.  Y estas ayudas, lamentablemente se reciben cuando tienen el término y la condición de persona con discapacidad, no cuando presentan una diversidad funcional. Por ello, debemos usar los términos adecuados en cada momento y con cada persona, diluir los términos hacen un flaco favor en muchos momentos.






Comentarios

Entradas populares